lunes, 29 de octubre de 2007

28 de Octubre. La Fiesta de la Fe.

“Conozco a mis delatores y mi destino. Sólo pido dos cosas: fortaleza y misericordia. Devolvédselo con la venganza cristiana: hacer el bien a quien nos ha hecho el mal”
Bartolomé Blanco. Cordobés. 21 años
Despedida de su última carta
antes de ser asesinado.

El pasado domingo 28 de Octubre, Su Santidad Benedicto XVI, delegando poderes en el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Cardenal José Saraiva Martins, proclamaba beatos a cuatrocientos noventa y ocho mártires de España.
Una Roma soleada, casi primaveral, acogía entre sus brazos vaticanos a miles de españoles llegados desde todos los rincones de la Patria. Obispos, religiosos y laicos de toda clase y condición se dieron cita en la Ciudad Eterna para celebrar en comunidad tan gozosa fiesta de la Fe.
Entre los asistentes, no había espacio para el rencor ni la acusación. En la conciencia general, sólo cabía una palabra: “PERDÓN”
Los sonidos de los fusiles se han apagado. Los gritos sobrecogedores que provocaban los terribles tormentos que inflingían en sus cuerpos son ahora cantos de Gloria a Dios. La tortura ha pasado. El Obispo de Cuenca, cuya mano fue traspasada de un balazo mientras bendecía a sus asesinos, nos bendice ahora desde el Cielo. Ya no hay lamento, ni llanto, ni dolor.
Cuatrocientos noventa y ocho beatos que se suman al elenco de santos y Siervos de Dios que nos dan una lección sin igual: perdona y amar, amar y perdonar. Hasta setenta veces siete.
Pero tristemente, en unos días en los que todo debería ser alegría fraternal, aparece una mancha oscura, pequeña pero intensa, que pretende teñirlo todo color negro rancio y putrefacto.
Son precisamente esos que se han propuesto acabar con la concordia de los españoles, separar las manos que se habían entrelazado para escribir un futuro sobre páginas blancas y con una pluma inmaculada que firmaba con rúbricas de comprensión.
Han querido llamar Memoria Histórica a un proceso revisionista que hurga en unas heridas ya sanadas, que pretende hacer brotar la sangre que regó unos campos en los que había florecido un tiempo nuevo, y cuyas flores pretenden arrancar y lanzar a las llamas de la crispación.
Tachan a las beatificaciones de posicionarse políticamente frente a su absurda ley.
No, señores: el perdón no entiende de política. Sólo sabe de humanidad.
Política era la Constitución anticatólica de 1931; planteamiento político era el exterminio de la Fe; política rastrera es enzarzarnos a los españoles como perros con unas iniciativas de semejante calibre.
Política fue lo que se hizo de 1931 a 1936. Nunca en menos tiempo se había matado tanto: 10.000 católicos asesinado por el simple hecho de serlo. Un holocausto más de cuantos ha perpetrado la izquierda desde que existe como tal. Ésta, como tantos otros sistemas totalitarios, pretendía convertirse en diosa pagana, objetos de culto y ordenadora del Bien y del Mal. Como pasó en el Imperio Romano o durante el régimen nacionalsocialista de Hitler, quiso ser incensada como deidad, exterminando a todo aquel que se opusiese a semejante sacrilegio.
Y aunque a cualquiera le parecería indigno e inmoral justificar tales atropellos, esto es España y aquí se oye más que de todo. Hay quien se ha atrevido a afirmar que los recién elevados a beatos son simples víctimas políticas, pues la causa de sus atroces martirios y fusilamientos sólo responden a la postura que adoptó la jerarquía eclesial al posicionarse junto al bando nacional. Es decir: no es que las ideologías comunistas, socialistas y demás filo-izquierdistas tengan y tuviesen como objetivo principal erradicar a Dios del Hombre y de la Sociedad. No es que desde que se fundó la segunda República, los templos, conventos y monasterios católicos ardiesen por doquier sin que las autoridades hiciesen nada por impedirlo. No. Es que los obispos, sacerdotes, religiosos y católicos de a pie eran una panda de fascistillas enemigos de España y del género humano. Eso va a ser.
Será por eso que morían perdonando. Será por eso que sus últimas palabras eran de misericordia para los que frente a ellos apretaban los gatillos. Será por eso que el defenestrado Francisco Vázquez, embajador socialista de España en la Santa Sede, ha reconocido que quizás se debería pedir perdón a la Iglesia por la cruenta persecución de la que fue víctima por parte de su partido político en aquellos aciagos años del siglo XX.
Los que hemos seguido el proceso exhaustivo de las beatificaciones sabemos que, como siempre, la Iglesia va más allá. Que está por encima de tanta miseria mundana.
Sabemos que sólo con esta “cultura del perdón”, España pudo conducir su transición política. Sabemos que ninguna Constitución, Declaración de Derechos Humanos ni Educación para ninguna Ciudadanía van a ser capaces, jamás, de enseñarnos a perdonar de esta manera. Nadie, fuera del cristianismo, nos va a exigir que recemos por nuestros enemigos, y ser capaces de dar un testimonio tan fuerte, tan veraz y tan creíble como el de estos cuatrocientos noventa y ocho mártires que con su vida y su muertes honran a todo aquel que se confiese católico.
No es tiempo de buscar a los verdugos ni de juzgarlos. Es hora de dar gracias a Dios y glorificarlo por el regalo que nos ha hecho en la figura de los beatos. Es el momento de gritar, con orgullo y satisfacción:

¡GLORIA A LOS MÁRTIRES QUE, PERDONANDO, DIERON SU VIDA POR DIOS!

1 comentarios:

Esther Campusano dijo...

Me alegra que un joven busque de Dios, espero que sigas en sus caminos.. besito Mary Esther